A mi mamá

“Gracias por enseñarme que el dolor es pasajero y puede ser superado, y que el sufrimiento no merece lugar en la mesa de la vida, cuando se aprende a mirar con ojos de amor y de eternidad”.

Escrito por Alexander Reyes Montoya

Mima, contar cada motivo por el que te admiro es como intentar enumerar los astros del cielo: un empeño infinito.

Me enseñaste, con la firmeza de tus pasos y la dulzura de tu mirada, que rendirse jamás es una opción. Madre soltera de cuatro hijos, supiste bordar los días con estudio, trabajo en horarios cambiantes, y el cuidado incansable de un hogar que siempre nos recibió con calor. Nos diste lo esencial y, muchas veces, más de lo que creíamos necesitar: como si tu amor tuviera la misteriosa habilidad de multiplicarse sin medida.

Te vi llegar cansada y, aun así, hacernos sentir en casa; ordenar el día con serenidad, priorizar lo importante, sostenernos con palabras simples, pero exactas. Me mostraste que la familia es siempre primero, y que hay verdades inquebrantables: cuidar nuestra paz y nuestro bienestar no es egoísmo, sino sabiduría.

En medio del caos, renunciar a ciertas cosas no es derrota, sino la más noble forma de avanzar. Y entendí que toda decisión, incluso la que no florece como esperábamos, vale por la intención sincera con la que fue sembrada.

¿Cómo no llamarte heroína, si con tan poco hiciste tanto y, aun cansada, siempre elegiste amar?

Aprendí de ti que un plato sencillo, compartido en la mesa, se convierte en un festín cuando está condimentado con risas, miradas y presencia. Que un corazón fuerte no es el que nunca se quiebra, sino el que, roto o entero, se levanta para servir con amor.

Sé que esa fuerza sobrehumana, ese corazón desprendido, esa hermosura que brilla por dentro y por fuera, han sido esculpidos por la mano de Dios.

Gracias, mamá, por dejarme como herencia un amor que se da sin reservas, y como legado un ejemplo que apenas puedo aspirar a imitar.

Gracias por enseñarme que el dolor es pasajero y puede ser superado, y que el sufrimiento no merece lugar en la mesa de la vida cuando se aprende a mirar con ojos de amor y de eternidad.

Gracias por mostrarme que, en este tránsito finito por la tierra, se puede vivir con propósito, fe y esperanza.

Te amo más de lo que alcanzan las palabras.

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Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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