Pa, recuerdo cuando tenía pesadillas y te llamaba. Era fácil encontrar una sombra que parecía un monstruo, pero el monstruo ignoraba lo fácil que era encontrar al súper héroe que lo destrozaba. Yo te llamaba y vos venías corriendo a tranquilizarme.  Te pedía que no te fueras de mi lado hasta que me volviera a dormir y ahí sentadito, a la orilla de mi cama, te quedabas.  Yo te veía cabeceando, y pensaba que era una estrategia para despistar al enemigo.  Hoy entiendo que por supuesto tenías que dormir porque al día siguiente madrugabas para irte a trabajar. 

Pero es que mi héroe tenía una gran ventaja sobre el resto del mundo:  Por más cansado que estuviera, nunca me dejaba sola con mis miedos. Y esa ventaja sigue viva.  Hoy que estás en el cielo, seguís sin dejarme.  

Ya no tengo pesadillas Pa, pero a veces buscando otra excusa, en mi pensamiento te llamo.  Desearía que te sentaras a la orillita de la cama para contarte que todo camina bien.  Que lamentablemente he entendido que no hay que estar soñando para toparse con monstrillos mata sueños y que lo que me decías chiquitita, sigue siendo una gran verdad:  “Mi amor, usted es más fuerte que eso que le da miedo.  Tranquila, Dios nos cuida”. 

Gracias Pa. Te he llamado a este blog, y has venido en forma de héroe en mi recuerdo. Gracias porque siempre que te llamé, viniste;  gracias porque estás aquí conmigo, sentado en la orillita de las memorias más hermosas que guardo en mi alma. 

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Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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