Juan Carlos Salazar mira hacia atrás, recordando la época de pandemia, y sus ojos se ponen llorosos. “No había dinero, nada. La palabra REINVENTARSE me caía tan mal”, confiesa. “¿Qué hacía? Quitaba los asientos del bus y vendía chayotes? No, esa palabra era muy difícil para mí. Los ahorros nos sostuvieron pero se fueron acabando. Fue durísimo“, dice este empresario de buses turísticos que vio en cero sus cuentas.
El mundo se vio arrodillado y acorralado por el Coronavirus. Aeropuertos cerrados, turismo era una palabra no un verbo y las empresas ligadas al sector turístico sintieron que el oxígeno se les acababa.
“Intereses, cobros, caos”, de eso se acuerda. Una entidad financiera tenia en sus manos el crédito de todo su equipo. “No nos dejaban respirar”, asegura. Pero luego, guarda silencio y empieza a recordar sonriendo: “Pero llegó un ángel, un representante del Banco Popular. Greivin no nos midió con una calculadora ni con un programilla de Excel. Nos vio como seres humanos“, dice con una gran sonrisa.
Así que ATSalazar, como se llama la empresa, vio de nuevo la luz y logró reacomodar mensualmente lo que se paga por el crédito que el Banco Popular les otorgó. “El Popular compró la deuda del otro banco. Todo cambió, fue como que nos dieran un tanque de oxígeno”, asegura.
Al ser PYME, Juan Carlos tuvo condiciones adecuadas al tamaño de sus operaciones empresariales y “otro gallo cantó”. “Volvió a amanecer. Salvé mi empresa gracias al Banco Popular”, concluye.
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