La intolerancia al volante, te puede convertir en asesino

La intolerancia puede convertirte en asesino

Todos hemos tenido un día complicado.

Todos hemos tenido una mala noticia que nos revienta el alma como si fuera un vidrio que no se puede reconstruir.

Todos, yo entiendo, tenemos emociones guindando de cada segundo de nuestra existencia y hemos sido traicionados por los peores pensamientos que nos cruzan por la mente enferma que a veces vive en nosotros.

Pero cuánta ira puede haber en el acto de perseguir a un motociclista hasta dar con él, chocarlo y atropellarlo para acabar con su existencia.

Bastan segundos para que te jugués tu preciada libertad, solo por atribuirte la potestad de ser juez y verdugo de alguien que quizá cometió un error en carretera. 

La intolerancia en la calle es reflejo del intolerante que maneja cada auto, convirtiéndolo en un arma.  ¿Nos da la intolerancia para dejar a una niña sin su padre? ¿Da para que pasés el resto de la vida en una celda deseando haberte aorillado al sentir tanta rabia o haber llamado a alguien que te frenara en tu búsqueda por vengarte de un desconocido que te pasó a la par en una calle y hubieras dejado que continuara su ruta?

Todos hemos tenido un mal día y podríamos estar más intolerantes que otros.  Ese día es cuando más hay que respirar, inhalar y exhalar, frenar, pedirle a gritos al cielo que podás vencer al monstruo que ruge en tu pecho y es tu peor enemigo.  

La intolerancia no puede seguir atropellando y asesinando. No más. Yo le agregaría a la frase “Si manejas, no tomes”, esta otra:  “Si manejas, no le des el volante a la intolerancia. Esto podría hacer que tus días en libertad estén contados”.

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