Escrito por: Lizeth Castro//

Perder, tener cubierta de ácido el alma, descubierta en un cielo con estrellas apagadas, alma indigente desnuda y con frío; tener sabor a vacío, tirar las rodillas al suelo, ver descomponerse la esperanza, bañarse debajo del chorro de la desilusión, fracasar.

No hay manera de escuchar un solo aplauso cuando perdiste.

Nadie te felicita.

Pocos te acompañan.

Pocos creen en vos.

Muy pocos.

Casi nadie.

Encuentro que ahí en esa tierra desolada de los perdedores, aterriza un avión que no todos toman, sólo los que están dispuestos a aprender.  Llorando se suben al avión y lo bueno es que emprenden un vuelo.

Yo lo he vivido.  He estado en tierra. Y me he permitido luego volver a volar. 

En esa pérdida, hay muchas lecciones que convertirán en triunfo, el aprisionante sentimiento de congoja que quiere aplastarnos.

Aprender que a los que estamos vivos eso nos pasa: equivocarnos. El error está en el camino porque es un maestro contratado por la vida y de por vida.

Aprender que los que hacemos, nos atrevemos a hacerlo bien o hacerlo mal, pero lo hacemos, porque es la única forma de justificar porqué aún no hemos muerto.

Aprender que tras perder, aventajamos a los demás porque hemos vivido un momento que puede marcar el avance hacia otro nivel y sabemos cosas que otros no.

Aprender que somos peregrinos, sin mapa que garantice que jamás nos perderemos, aventureros conquistadores, expuestos al ruido del éxito o al silencio del fracaso, pero vamos pa’lante.

Aprender que las lágrimas de la decepción brotan con la misma intensa ferocidad que las del éxito, con la diferencia de que la inconformidad del NO-LOGRO sirve para modificar, mejorar, pulir, desechar, crecer sin medallas sólo con tu coraje y tus ganas.

Entonces, los que hemos perdido, si aprendemos, habremos ganado.

Ahí, con el polvo seco metido en cada hendija del corazón, he ganado.

Estoy de pie.

He triunfado sobre mi propia miseria.

Aquí estoy, pasajera frecuente, en vuelo directo con el soplo de la vida.

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Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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