Cuidado Goliat, sos tan pequeño dentro de tu estatura gigantesca.Claro que la batalla era desigual:  David contaba con el Rey de los ejércitos y vos no. Y hoy me toca a mí ser David”.

Tal cual, me ví  frente a mi miedo más grande, hablándole de tú a tú.

Me habían temblado las canillas y se me había secado la boca. Pero decidí depositar ese miedo no en mis manos temblorosas  y sudorosas sino en las mismas que guiaron a David a la victoria, con un único movimiento guerrero, certero y preciso.

Se me olvidaba lo que David tenía muy claro:  ya había peleado contra un oso y un león. Nada fácil le había tocado. El Dios fiel en el que creía lo había entrenado duro para este y todos los momentos futuros de batalla.

¿Acaso no he peleado yo también contra osos y leones que han querido devorar las bendiciones que tienen mi nombre y por las cuales debo responder?

Así que busqué y pronuncié frases bíblicas que fui uniendo, como cuando el soldado e va poniendo el uniforme de guerra poco a poco. Cada frase me vestía de fortaleza y me cubría.

“El Señor te protegerá de todo mal”. “No se adormecerá el que te guarda”.  “No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”. “Debajo de sus alas, estarás seguro”.

Y el miedo me escuchaba; empezó riéndose de mí y acabó mudo y humillado.  Se hacía cada vez más pequeño, se sentía ridiculizado. Mi uniforme se pegaba cada vez más a mi alma. Lo oscuro perdió fuerza y ví con claridad que el triunfo es mío pero antes es de Dios. Él me lo da a mí y yo lo recibo, digna con la frente en alto. 

“Cuidado Goliat”, volví a decir, “que el que va delante de mí es el verdadero gigante”. 

Recomiendo De MI BLOG “Que no te cuenten la vida”  

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

Comments are closed.