La magia es su oficio

Por: Ana Coralia Fernández

Fotografía: Fernando Arguedas

Allí donde usted y yo vemos un trozo de madera, él imagina un charango. Donde usted y yo vemos una tabla, él siente vibrar la caja de resonancia de una guitarra. Donde usted y yo vemos solo un pedazo de árbol, él sabe cómo sonará su instrumento en un concierto.

Don Manuel Antonio Guzmán Mejías es guitarrero; “luthier”, para ser precisos y dar respeto a un noble oficio y gran talento.

De casta le viene.

Su papá Miguel Ángel Guzmán Mora, también hacía guitarras y Manuel es ahijado del recordado y reconocido compositor nacional Ricardo Mora (Reca), autor de Noche Inolvidable, entre otros temas.

 “Es una tradición de familia. Comenzó con mi papá, hace ya sesenta y ocho años. Él era de Puriscal, se vino a trabajar con un tío suyo Emmanuel Mora Garro y aprendió a hacer guitarras. Cuando yo nací, Ricardo Mora hijo de Emmanuel, me llevó a bautizar. Desde los 14 años construyo guitarras y no me veo haciendo otra cosa”.

Pero don Manuel, no es músico, es guitarrero, un artesano que a punta de cincel y formón, construye piezas maravillosas que regalan dulces notas y viajan por el mundo. Afirma que a lo largo de 52 años, ha construido unas 25.000 piezas entre guitarras, requintos, charangos, mandolinas, eso sin contar con las que ha reparado.

“Yo solo las construyo. Papá quería que yo fuera médico, pero me gustó más el quehacer de las guitarras. Ahora hay muchos que las hacen, pero yo soy de la vieja escuela. Uso los mejores materiales que se pueden conseguir en el mundo y las mejores técnicas. Nada de inventos, nada a “rajatabla”. Aprendí de muchos maestros europeos y lo de mi propia cosecha”.

En sus manos, la madera se vuelve dócil: palosanto de la india, pino abeto alemán y ébano para las de concierto, que se mandan a traer a Alemania. De Costa Rica, cedro, cocobolo, cristóbal, bálsamo, ciprés, laurel, desfilan en su taller para ser tallados y convertidos en valiosos instrumentos que con el tiempo, se convierten en fieles compañeros de sus dueños.

No todo es coser y cantar

Este artesano que ama profundamente su oficio no siempre la ha tenido fácil. Hace unos años, sufrió varios tropiezos de salud en donde como él dice “la vio por un portillo”.

“Allá por el 2001 yo jugaba de atleta y corría todos los días. Los domingos daba una vuelta más larga por el parque de Tibás. Un día que subía una cuesta y sentí un ‘cólico’ en el pecho, al que no le di mayor importancia. El dolor me siguió molestando hasta que me mandó al hospital. Tenía obstruidas las arterias coronarias. Estuve una larga temporada en el hospital México, hasta que me realizaron una angioplastía con colocación de “stent”. Es un resortito que colocan dentro de la arteria para mantenerla abierta. Salí del trance, pero a los veintidós días me sentí mal de nuevo y entonces tuve que viajar a los Estados Unidos donde me pusieron seis resortitos más para prolongarme un poco más la vida, sin embargo, un día se metió al taller un muchacho para tratar de asaltarme y me dio un infarto.

Eso fue en el 2010. Me pusieron tres ‘stent’ más.

Al tiempo me detectaron piedras en la vesícula y cuando me las iban a operar, seguro por el susto o por el dolor instenso, me dio un segundo infarto. Eso fue en el 2013”.

Don Manuel ha sido un paciente disciplinado con sus medicamentos, pero afirma que la mejor medicina es su fe. Va a misa todos los días y es un fiel creyente. Aún así en marzo de este año estuvo de nuevo hospitalizado por una infección en las vías urinarias generadas por un crecimiento en la próstata.

“A pesar de todo esos quebrantos en mi salud yo llego a mi taller todos los días contento. Abro a las siete de la mañana y trabajo hasta las seis de la tarde. Y cuando le digo trabajo es de verdad. No estoy sentado en un escritorio ni diciéndola a nadie lo que tiene que hacer.

Las enfermedades lo purifican a uno. Nos hacen descubrir qué temple tenemos para la vida. Qué puede hacer por usted y para los demás. Crece su espiritualidad y algunos de sus comportamientos se van alejando para que usted crezca en sus decisiones morales”.

Por lo que quede del día…

Manuel Guzmán quiere pasar el resto de su vida haciendo guitarras.

“Ahora trato de descubrir el propósito que tiene Dios para mí. Tony mi hijo es un enamorado de este oficio y esta será mi herencia. dos hijas más, una ingeniera forestal y la otra canta, de alguna manera vinculadas a la madera y a la música como una guitarra. Ya tengo 45 años de casado con mi señora (Ileana Eugenia Hernández), y vienen los nietos con cierta afición por lo que hacemos.

“Una de mis mayores satisfacciones es hacer una guitarra, no para que dure un poco sino para toda la vida. Ellas son como mis hijas. Son nobles, hermosas, fieles. A todas las quiero y las reconozco a pesar del tiempo y la distancia.

Las guitarras dependen de mí y yo dependo de las guitarras, pero no en lo comercial. En ellas pongo un pedacito de mi alma y cuando salen de mi taller, queda una línea espiritual entre ellas y yo. Si un instrumento musical no se hace con amor y pasión no funciona, no tiene alma”.

Y yo de puro curiosa que soy, le tiro mi última pregunta: “Si usted algún día llegara a la presencia de Dios, ¿le llevaría una de sus guitarras de regalo? Manuel se ríe y me contesta al tiro: “Le llevaría una guitarra y un charango, pa’ que toquemos juntos”.

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