Por: Lizeth Castro.

Volver de ahí, donde costaba respirar.  Donde el grifo de las lágrimas, tan descompuesto como el corazón, tenía una fuga y no había modo de repararlo. Volver de donde costaba abrir la boca para comer y sólo se abría para quejarse. Porque el dolor produce quejidos agotadores, aún en el corazón más fuerte.

Volver de ahí, de las noches llenas de monstruos que no nos dejaban soñar con flores; de contar mil ovejas para dormirse pero todas venían llorando y había que consolarlas.

Volver de ahí, donde parecía eterno el vaso lleno de amargura y se toma en sorbos, en sorbitos, que hacen olvidar el sabor de lo dulce de la vida.

Volver de ahí, es tan posible como quedarse ahí. 

Es decisión.

Es un grito de ayuda. Es tomarse la dosis de abrazos de algún amigo que hace que el vaso de amargura que tenemos en la mesa de noche, se vuelque.

Volver de ahí, se puede. 

Porque el infierno no es un muro irrompible aunque es duro, pero está hecho de una cáscara que puede ceder.

Volver del dolor. Se puede. Es empezar por un segundo, en las 24 horas del día. Es dar un paso al bajarse de la cama en un edificio enorme.

Es bajar la grada de una escalera de  varios kilómetros.

Es bailar una nota de toda la canción.

Es poco a poco.  Es decir “Padre Nuestro” y otros días completar la oración, no importa.

Es paso a paso. Sí se puede. Sí se puede.

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Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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