Por: Lizeth Castro

La muerte y el día de mañana me tomaron cada uno de una mano y me dijeron que fuéramos donde estaban los muertos. Fuimos al cementerio. Los muertos, que son aquellos de los que nadie se acuerda, estaban acostados en fila, uno a la par del otro.

La muerte paró frente a la primer tumba y me dijo: “Ella era enfermera. Siempre se hizo cargo de los demás. En el Hospital trabajaba turnos extra. Llegaba a la casa y sus hijos ya estaban dormidos. Temprano al siguiente día, apenas se despedía de ellos porque ya iban para la escuela. Una vez al año viene a visitarla la vecina de toda la vida que le cuidó a los chiquitos mientras crecían; la misma vecina que acaba de acompañarlos a su graduación de la universidad”.

Caminamos otro poquito y paramos frente a otra tumba:“El era Gerente de una empresa transnacional. Tenia el mejor salario de la compañía. Nunca desayunaba en casa con su esposa ni sus hijos porque la primera reunión del día era muy temprano. Almorzaba en la oficina, cuando no mientras tenia reuniones con sus subalternos. En la noche, cansado, llegaba a la casa y sin hacer mucha bulla para no despertar a la familia, abría el microondas donde estaba su cena. Su esposa se divorció de el y junto con sus hijos se fue a vivir a un barrio cercano para que él no dejara de verlos una vez al mes; lo hacia la mañana de un sábado, porque luego tenia que regresar al trabajo, incluidos muchos domingos. Las últimas flores que le dejaron ya se marchitaron”.

Ahí no más, a la par, la muerte señaló esta tumba: “Esta es una mujer joven, 28 años, sumamente talentosa pero profundamente triste. Cuando pequeña murió su madre y dos meses antes de morir ella, el único hermano que tenia se había ido a vivir al exterior con una beca de 5 años. Ella tenía a su padre vivo pero aunque él, muy amoroso la esperaba siempre para cenar juntos y abrazarla, ella le decía que no le interesaba porque tenía mucho dolor de haber quedado de niña sin madre y luego sin su hermano. El día que le diría a su padre que cenaran juntos, lo encontró muerto en la sala. A los 5 dias ella cayó en mis brazos, voluntariamente, con los ojos mas tristes que he visto”.

Caminamos hacia la tumba que estaba a unos 50 metros. Ahí… estaba yo. El día de mañana me dijo: “Hay dos caminos: veamos este. Vos sola en tu tumba, porque te dedicaste a buscar el éxito en el trabajo a costa de tu familia, por un cheque que te daba estabilidad y algunos lujos; perdiéndote los mejores años de tus hijos, dejando de reírte con tu esposo, dejando pasar cafés con tus amigas, sin tiempo de abrazar a tus padres”.

El día de mañana continuó diciendo: “Y en este cementerio no está tu otra tumba donde muy a menudo te visitan los que te aman para contarte que siguen adelante en la vida porque vos los seguís inspirando. Que te extrañan pero honran tu vida amando a otros, como vos lo hiciste. Que te dedicaste al trabajo, lo que era necesario para sentirte dichosa y realizada y ser la mejor en lo que hacías. Que quisieran tenerte cerca, pero como no pueden, abrazan, perdonan, aceptan retos, viajan y celebran la vida con vos a la distancia y esa es la manera en que te honran”.

La muerte y el día de mañana me pusieron a escoger. Es momento de decidir: vivir para los demás o servir a los demás sin olvidarme de mí misma. Privilegiar el resentimiento de lo que no tengo por encima de lo que sí poseo, tomar riesgos en un nuevo trabajo, decir que sí a alguna propuesta por encima de un cheque mensual que me da estabilidad pero que me pega a una silla que no me deja pasarme a otra habitación, con otros colores y otras experiencias. Es momento de decidir a cuál cementerio quiero ir a parar.

 

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

10 comentarios

  1. Es parte de mi vida resumida en esta historia!! Espero me pueda soltar de mi trabajo más a menudo Gracias!!