Por mi casa pasa cada fin de semana un carro que le dice a todo el que quiera, que “eche” en ese carro lo que ya no sirve en la casa, lo que se convierte en basura tecnológica reciclable, el electrodoméstico enorme que ya ni siquiera se usa, lo que estorba.

Un día pasó frente a mí el perdón, con la misma dinámica del carro de los fines de semana.  Me pidió que echara ahí todo lo que ya no sirve recordar, la basura envuelta en palabras del pasado,  el resentimiento enorme que no tiene sentido en el presente, lo que estorba.

Después de muchos sábados y domingos en que él me insistió, decidí hacerle una seña y decirle que me ayudara a cargar con todo eso que estaba en mi alma, sin propósito alguno. Tenía tantas ofensas que me dañaban, tantas imágenes pasadas que me quitaban la paz, episodios que me dolían, pero en serio eran de hace muchos años y yo todo eso lo tenía en mi bodega, oliendo mal, pudriéndome por dentro, ocupando campo.

Ante la seña que le hice, el perdón se detuvo, me sonrió y me abrazó. Entró a mi casa. Me ayudó a subir al carro todo lo que yo le iba diciendo. Tamaño tiempo duró.  Así fue como nos hicimos amigos.

Yo le digo cada nada “Perdón, llévate esto”. Siempre me sonríe, me abraza, en algunos casos yo lloro y al final tengo más espacios llenos de luz, esa luz que nadie me puede robar excepto que yo misma elija estrecharlos al meter lo que va a terminar estorbando, lo que me quita campo y peor aún lo que me quita paz.

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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