Por: Ana Coralia Fernandez

Fotografía: Fernando Arguedas

La entrevista comenzó de rutina. ¿Nombre completo? Marta Chacón Vega

¿Cuántos años tiene? 53 ¿Fecha de nacimiento? No sé…

La de Marta, es una historia singular. Usted la ve y no hay un anuncio de neón sobre su cabeza que diga “ fui adoptada”.

Si no fuera porque ella misma lo cuenta con naturalidad y un amor inmenso por sus padres adoptivos, nadie en Sabana Sur, donde vive, ni en sus talleres de panadería, ni en su círculo más cercano, lo notaría.

Y lo cuenta, para que muchas parejas, familias e hijos en esta coyuntura le quiten el estigma al tema de la adopción.

Porque es un hecho que alrededor de los hijos adoptados hay estereotipos y esquemas.

Porque es un hecho que los requisitos para adoptar a un niño, (los de más edad se quedan en depósito para siempre), son complicados.

Porque es un hecho que la gente se desvive y paga lo que sea por tener hijos propios, en vez de abrirle un campito al corazón y dar amor, techo y dignidad al que más lo necesita.

“Mis papás adoptivos me llevaron a la casa el 23 de agosto del 61. Dicen que tenía unas horas de nacida. Esa es la fecha en que me registraron. No sé el día exacto en que nací y por eso en esta casa les digo: “lo siento; el mes agosto es todo mío y lo tenemos que celebrar completo”.

Y bueno, ubiquemos el contexto. Años sesenta. Los padres adoptivos de Marta ya tenían dos hijos varones propios y deseaban una niña. No era tan común adoptar así porque sí. Muchos detalles se quedaban solo entre los involucrados y ¡sán se acabó!

“Sor Laura Medal, una de las monjitas que trabajaba con Sor María Romero, me contó que recién nacida estuve unos días en el convento antes de que mis papás me trajeran a la casa. Allí funcionaba una casa cuna y mi mamá biológica, muy pobre, iba todos los miércoles con once chiquitos más, a recoger la ayuda que les daban allí y ya iba con la pancita que era yo…”.

En medio de tanta necesidad, la madre biológica de Marta estuvo de acuerdo en dar a su bebé en adopción y así fue como llegó, por medio de Sor María Romero, al hogar de la familia Chacón Vega.

De ahí en adelante Marta vivió en un círculo que la acogió con gran amor y ella nunca sintió diferencia alguna en el trato, la educación, las correcciones, en cómo se desarrolló la vida.

“Nunca sentí que fuéramos distintos en nada. Tuve una buena educación, estudié danza, música y me hice chef. La vida transcurrió sin que yo notara nada de mi origen”.

¿Y cuándo se dio cuenta de que no era la “camada”?

“Estando ya en el colegio con 17 años, un día, no recuerdo bien, alguien me insinuó que por qué no exploraba mi origen, que a lo mejor era adoptada. La adolescencia es complicada y me sembraron la duda: ¿Quiénes serán mis papás? ¿De dónde vendré yo? Al hablarlo con mis padres adoptivos, me explicaron lo poco que sabían, pues por aquellos días nunca se ahondaba en los detalles como ahora.

Eran otros tiempos. Nunca cuestioné por qué no me habían dicho antes de mi condición de hija adoptada, porque papá, a quien amé profundamente, siempre decía que las cosas pasaban por algo y que en todo había cosas buenas y es aquí adonde quiero enfatizar por qué les estoy mi historia: ser adoptado no es un lastre, ni es tener una etiqueta. No estoy de acuerdo con que la gente viva resentida por decisiones que en su momento, quienes las tomaron, pensaron que eran correctas. Mis papás adoptivos y mi mamá biológica tuvieron las mejores intenciones y hubo una oportunidad para mí. No sé nada de mi familia de sangre, pero mi familia adoptiva llenó todas mis carencias materiales y emocionales que son las más importantes. Es todo lo que necesita un niño, amor, protección, valores, honestidad, transparencia, afecto y seguridad”.

“La gente debe encontrar el rumbo en lo que tiene, no en lo que no sabe o no posee. Me aferré al afecto de los míos. Hay gente que da a esta condición de ser adoptado carácter de tragedia y esto les marca la vida para mal, pero también es una bendición, con empeño y cariño, porque los todos los seres humanos nos adoptamos en el amor”.

Marta es una mujer exitosa, con una capacidad de dar impresionante, tiene tres hijos y busca proyectos de bien social donde pueda compartir su oficio con grupos que encuentren en el arte de cocinar, lo que ella, un acto de amor.

“Los vínculos de afecto existen y uno es capaz de hacer y dar por otra gente lo que sea. Si bien la sangre jala, el amor es más poderoso, hace que todo fluya.

La familia que considera la adopción como una opción para crecer o tener hijos,  debe prepararse, debe ser natural en la crianza sin imponerle al niño retribuciones o expectativas. Criar a una persona es un gran proyecto, un hermoso proyecto. Sea de sangre o sea adoptado es el mejor propósito que podemos tener como seres humanos. Quienes adoptan a un niño son muy especiales y tienen un gran corazón. Le cambian la vida, la historia. Después de todo, cada uno de nosotros somos adoptados por la vida sin condiciones”.

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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