Me roban la paz. No me dejan tomar café tranquila. Me asustan con llamadas telefónicas de que algo amerita que de nuevo me las encuentre. Me salen al inicio, a la mitad o al final del día. Están armadas: me apuntan a la cabeza cuando quiero sentarme un segundo en un lugar donde no haya nadie y pueda respirar tranquila. Me provocan palpitaciones aceleradas y me hacen sentir vagabunda si quiero escondérmeles.
Esas condenadas ladronas son las carreras del día. Las que me hacen olvidar aquello que uno vive cuando es pequeño: el ocio. Las que me meten un chuzo cuando estoy lenta porque ando cansada. A veces se juntan con otras condenadas: las presiones sociales. Y ahí, sí se arma. Tenés que hacer de todo y encima maquillarte, fajarte, poner cara de que todo camina bien, que todo va en el orden en que el universo lo requiere y de paso tenés que cambiar de zapatos porque los viejos son muy cómodos pero son muy viejos.
El grupejo delincuente se vuelve insoportable y se convierte en mara cuando se juntan las carreras del día con las presiones sociales y con las ideas de éxito. Ahí, agárrese. Vienen las comparaciones, los “por qué no lo hice”, los “me equivoqué”, las basureadas de por qué está uno tan gordo, las “yo no tengo y la otra sí tiene” y subimos en hombros a la frustración como si se lo mereciera. Todo esto pesa mucho.
El escuadrón anti condenadas ladronas tuvo una reunión esta mañana. En agenda se proponía que nadie le dé poder a las carreras del día por encima de la propia paz; se proponía reunirse con los papás no sólo domingo sino cuando se antoje ese abrazo único y renovador; se propone que con los hijos haya derecho de reírse mucho independientemente si salieron bien o mal en los exámenes porque eso no los define en su sueño de llegar a hacer cosas grandes; se proponía decirse al espejo lo mucho que cada uno vale y recibir por respuesta un beso del espejo hacia nosotros. La agenda sonaba divertida pero no hubo quórum. Sólo llegaron la paz, la risa de reírse por nada y por todo, y el amor propio. Los demás no llegaron aunque se excusaron con mucha cortesía: “Perdón, no llegaremos, andamos en carreras, buscando vernos bellas y provocando a diestra y siniestra el éxito en nuestras vidas.” Qué lástima que fue así.