Nos han preparado para el éxito, pero no para la frustración. Sobran los libros con recetas de prosperidad, autoayuda, superación, crecimiento empresarial, pasos para ser más competitivos, los eficientes y eficaces, los más creativos, los mejor pagados, los más amados, pero la frustración no es para nada vendible.
Curiosamente, éxito y frustración viven juntos. Lo dibujo así: el primero vive en uno de los orificios de la nariz y la otra, en el otro. A pesar de que ambos son tan naturales, preferimos hacerle un podio al primero y meter en un sótano a la segunda (cuando no debiéramos hacer ninguna de las dos cosas). Esta despreciada es aquella que aparece cuando no se logró algo a pesar de todos los esfuerzos. Por eso duele tanto.
A falta de libros, para entender a esta pobre que camina con nosotros aunque la invisibilicemos, los golpes de la vida son los que nos enseñan qué hacer con ella.
Entrevisté a Jorge Luis Pinto en una ocasión; el técnico de la Selección de Futbol de Costa Rica luchaba en aquél momento por ganar puntos en el camino hacia la clasificación al Mundial Brasil 2014 (hoy ya sabemos que tuvimos un papel histórico, de lujo). El señor se ha mostrado en público y ante la prensa con una mezcla de seriedad y cortesía básica e incluso en momentos iracundo, bravo, mira de frente, puede rayar en lo grosero, es firme y con su vida personal es sumamente reservado.
En el desarrollo de la entrevista, le planteo: “Cambian los escenarios, los marcadores, las canchas, los equipos, las selecciones, los hoteles, los sueños pero ¿qué no cambia en la vida de un técnico internacional?” Se queda callado, agudiza la mirada, se le llenan los ojos de lágrimas y responde con la voz quebrada: “A mis hijos. A ellos no los cambio. Son mis tesoros. Todo por ellos. El hombre que no se enoja nunca, usted lo ve en mí con ellos; el que nunca regaña, me ganan todas, besos y abrazos ilimitados son para mis hijos. Estoy aquí y sé dónde están ellos, sus amigos son mis amigos. Mis hijos son mi vida”.
Como periodista confieso que dije dentro de mí: “La tengo. Tengo la entrevista que nunca pensé tener. Lo logré”.
Cuando el camarógrafo y yo llegamos al carro me senté y le dije: “Ahora sí. La tenemos”. Pero veo a mi compañero revisando el material en la cámara sin contestarme ni siquiera con la mirada. Me dice: “Liz, no se grabó”.
Aparece en este momento el dibujo de un electrocardiograma con la rayita de que se murió… ¡¡¡¡¡Yo me morí!!!!! Ahora era a mi compañero a quien casi se le quebraba la voz. “¡¡¡¡¡No grabóóóó!!!!!”
El orificio de la nariz de la frustración duele mucho cuando se activa y cuando lo hace en los niveles más altos usted siente que no puede respirar (claro, el orificio del éxito está atascado y solo queda respirar por este otro). Pero el siguiente paso es preguntarse qué hacer. ¿Llorar? Dan muchas ganas. Patear el basurero, ¿para qué? ¿Pegar un grito? ¿Ayuda? Puede ser. Pero entonces uno cuenta hasta mil, dos mil, tres mil… Parqueamos en media calle al salir… No grabó.
Nunca le he hecho un podio al éxito. Tengo mis reservas con él porque lo siento muy efímero y alucinante. Y los golpes de la vida me han hecho no hacerle un sótano a la que debe convertirse en amiga. La frustración, el esfuerzo sin recompensa, el planeamiento que no termina donde creímos que terminaba me ha hecho la mujer fuerte que soy. La que sigue adelante. La que tuvo que pedir por segunda vez una cita con el técnico nacional a quien ya no se le quebró la voz porque era otro día, otro ánimo y ya estaba preparado para mis preguntas.
Respirar con los dos orificios es todo un arte que los golpes de la vida nos van enseñando a pulir. Finalmente, por algo no se dan las cosas y eso que no nos salió no nos puede definir.