Ni siquiera bíblicamente se sostiene el argumento de que tenés que ceder tu dignidad y tu amor propio. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” fue el mandato del Maestro por excelencia y vos y yo somos los alumnos.
Yo comparo esto con la siguiente escena: tengo pulmones propios para respirar, realizarme, ser plena, andar el camino, pero por “amor “ a otro (o mejor dicho, por miedo a que nadie más “me ame”) me pego al tanque de oxígeno que él me da, me presta, para respirar no como yo quiero y puedo sino como él quiere que yo respire. Es decir, vivo a medias pudiendo vivir plenamente.
Pienso que cuando Dios me pregunte cómo me fue en mi paso temporal por este mundo, ojalá yo le responda “Respiré con mis propios pulmones, me equivoqué, acerté, amé, no me amaron, me amaron profundamente, vine y fui, rechacé y abracé Señor, viví”.
Un estudio recientemente publicado en España nos dibuja una realidad que, talvez, no está tan lejana a la nuestra: Uno de cada tres jóvenes (de 18 a 24 años) considera “inevitable” que las parejas controlen los horarios de la otra persona, o que le impidan ver a su familia o amigos. Consideran “aceptable” que la pareja le impida al otro que trabaje o estudie o que le diga qué cosas puede o no puede hacer.
Es decir, que uno de cada tres consideran “inevitable” que teniendo pulmones propios tenga que respirar con un tanque de oxígeno que otro le presta.
Vos, ¿cómo respirás? Si tenés pulmones –sé que sí los tenés- no los desaprovechés. No permitás golpes, palabras humillantes, desautorizaciones, gritos. Y no cedás tu amor propio: Respirá profundamente, conectada con tu corazón; que tus pulmones den el 100%, hacete el gran favor de vivir.