Esta podría ser una historia de trámites, zozobra, diagnósticos y lucha, pero yo prefiero bautizarla como una historia de amor. Sólo el amor puede explicar por qué esta pareja con 45 años ella y 64 él , decidió abrazar como propia una historia que no imaginaba que evolucionaría como lo hizo y adoptaron un niño que jamás adelantó todo lo que se venía con él.
Pongámonos en los zapatos de Victor Colina y Natalia Yesquen, padres de 2 hijos. Peruanos, se vienen a vivir a Costa Rica con la esperanza de tener mejor calidad de vida . Un hermano de Natalia vive en Costa Rica también y a los 49 años muere. Muere atropellado en plena Avenida Central sin haberle contado al resto de la familia que su novia estaba embarazada. La novia encuentra en Natalia una mano amiga, pues era nicaragüense y vivía en pobreza extrema. El bebé nace el 7 de noviembre de 2008.
“Corrí mucho ese día, llovía montones y llegué 5 minutos tarde después de la visita, para conocer a César. En La Carit no me dejaron entrar aunque le rogué al guarda. Al día siguiente fui y por primera vez ví y tuve en mis brazos a César”, recuerda Natalia.
El bebé tenía una hermanita mayor y vivían en un lugar insalubre, pequeño y nada apto para los niños. “Yo cuidaba a César entre semana porque la mamá trabajaba y me lo pidió. Los fines de semana ella se lo llevaba. Un día lo llevo a vacunar y me preguntan por mi parentesco con el niño. Yo le explico a la enfermera que soy tía y que César vive conmigo entre semana. Me advirtieron que podía tener problemas con el PANI y me asusté muchísimo”, indica Natalia. En efecto, vinieron visitas del PANI a ambos hogares y se decide que las condiciones para que César viva dignamente las tiene la familia Colina Yesquen. Todas las partes involucradas están de acuerdo, firman.
Natalia tenía 45 años pero su esposo tenía 64 y hoy don Victor reconoce: “Me dio terror la idea de hacernos cargo de un niño porque además ya mis hijos eran grandes (la mayor tenía 19 años y el menor, 13). Pero hoy somos compañeros, él mío y yo de él. Yo lo llevo, lo traigo y pasamos juntos, juntitos. Es la primera vez que hago algo sin interés de recibir nada a cambio, nada”.
A partir del orden en el trámite viene un desafío mayor. Natalia comenta: “César no hablaba al año y medio, y de pronto decidió no comer nada, pero nada de nada. Era durísimo no entender qué pasaba. A los 4 años en el Materno nos dicen que se aísla y no juega con nadie. Me dicen que es falta de límites, otra maestra dijo que era “Asperguer” pero eso lo decían sin ningún procedimiento, sólo opinando”. Aquellos días fueron difíciles porque ninguna pregunta estaba teniendo la respuesta adecuada. En febrero de 2014, la Escuela Neuropsiquiátrica da el diagnóstico: Trastorno Espectro Autista.
“Por Dios, y eso qué es? Y empezamos a averiguar en internet y a consultar. Cuando te dicen eso tú dices y todo eso qué significa? Es muy duro. Y buscando nos topamos con ASCOPA, la Asociación que nos ha guiado para poder buscar lo mejor para César. Eso fue encontrar una gran luz”, indica ella. A partir de ese momento, Natalia y Victor jamás han descansado hasta lograr que este niño que les dice “Papi” y “Mami” y les da besos llenos de amor, tenga terapias que lo ayuden a irse “metiendo” en el mundo exterior y a salir de ese mundo interior en el que tantas veces navega y del que, dice su madre NAtalia “hay que sacarlo poco a poco”.
“Ahora ya entendemos que no comía porque es en extremo selectivo con las cosas, con las personas, con los lugares, con lo que le gusta. Hace poquito aprendió a limpiarse después de ir al baño porque decía que no podía y que no podía. Igual hasta hace poco aguanta los ruidos fuertes. Antes oia una moto o hasta la licuadora y se tapaba para no escuchar. Ahora ya puede estar más tranquilo con esos ruidos. Son pasos pequeños pero enormes para nosotros. Es una lucha diaria pero no lo cambio por nada”, indica. ASCOPA de hecho, está celebrando el mes del Autismo “Amame como soy”. Su teléfono es 22-81-2613 y 22-80-77-21.
César tiene ya 6 años, al despedirme de él en su casa y de sus papás me da un beso. Los papás no saben pero yo los veo de reojo y tienen ojos de amor, de satisfacción de la lucha enorme que va teniendo pequeños resultados. Esta es, definitivamente, una historia de amor.