El chiquillo no se halló en una sola escuela y por eso estuvo en tres. Creció y pasó lo mismo:  Estuvo en dos colegios. “Siempre andaba buscando en qué ocupar la mente. Tenía muy buenas notas pero me aburría, por eso andaba metido en todo.  Estuve en club de ajedrez, bailes típicos, oratoria. La cosa era no estar en un solo lugar”, recuerda riéndose de sí mismo.

Así creció en Guadalupe el inquieto Carlos Esquivel Angulo.  Su padre llevaba el sustento siendo chofer de taxi y su madre se quedaba con todo el trabajo de la casa cuidando de sus tres hijos.  El del medio, el inquieto, es hoy una figura de la medicina mundial que dejó su cordón umbilical en la Costa Rica sencilla de los años 50.

UNA DECISIÓN TRASCENDENTAL

El Dr Esquivel es delgado, usa anteojos y es muy sencillo para hablar.  Tiene absolutamente claro el episodio de su vida en el que decidió ser médico:  “A los 8 años me dio sarampión.  En aquellos momentos los doctores iban a la casa de la gente a hacer visita.  Cuando el doctor entró a la casa, me encontró con mucha fiebre. Todavía me acuerdo del doctor Hernández Ash con el pelo gris, elegante, con su gabacha.  Me metió en una tina con agua fría y se me bajó la temperatura.  El cayó como del cielo. Yo dije en ese momento Un día voy a ser médico”.

El papá de Carlos quería que el jovencillo saliera del colegio para trabajar. Y la mamá abogó porque su hijo entrara a la universidad.  Y así fue.  En 1974 se graduó de Medicina de la UCR  y se fue a San Vito de Coto Brus a hacer su práctica. Le pregunto cuánta ganaba: “Ni me acuerdo cuánto ganaba uno.  Era nada más una misión y ya. Seguro ganaba poquillo.  En mi jeep me iba y si no, en avioneta.”

Estando allá se dio cuenta de dos cosas:  la razón le dijo que podía manejar personal  y el corazón le ordenó que se enamorara de una enfermera gringuita que se convritió en su esposa y sigue compartiendo sus días con él. Juntos procrearon dos hijos.

SEGUIR EL LLAMADO

El Doctor Esquivel siguó siendo inquieto y decidió estudiar para ser médico cirujano y se graduaó en la Universidad de California. Luego, se fue a Suecia ha realizar investigaciones y se graduó con un doctorado en biología.  Luego regresó a Estados Unidos. “Yo seguía inquieto, sentía que aún me faltaba mucho por aprender. Entonces fue cuando fui admitido en la Universidad de Pittsburg, que es la meca de los transplantes en Estados Unidos. Ahí se me dio  la gran posibilidad de aprender a la par de grandes maestros”.

Y volvemos a eso que dicta el corazón:  “A los 32 años encontré mi misión”.  Cuenta el doctor que la primera vez que transplantó, se trató de un residente de medicina que llegó en coma. “Le realicé el transplante de hígado. A los 3 días salió del coma.  Pidió un papel y lápiz.  Escribió Quiero desayunar.  Inmediatamente entendí que los transplantes serían mi vida. Sentí ese llamado”, sentencia.

EL PREMIO MÁS GRANDE

Hoy, a los 65 años de edad, aquél chiquillo hijo de un taxiste y una ama de casa que abogó porque él estudiara lo que tanto amaba, ha recibido decenas de premios internacionales y es considerado una leyenda viviente.

¿Cuál es el premio más importante que ha recibido?  Y responde con rapidez “El último, que me acaban de notificar.  Una vez al año le dan un premio al mejor mentor. Esto lo hace la Organización científica de cirujanos de transplantes en America.  Y en enero del 2015 iré a Miami a recogerlo.  El premio lleva el nombre de uno de mis grandes maestros, que ya falleció Francis Moore. Es increíble que yo fui discípulo de él y hoy tengo un premio con su nombre”.   Todo esto lo cuenta con una dosis muy pequeña de orgullo y una gran sonrisa, esa que sólo lucen quienes se sienten plenos porque siguieron lo que les dictaba la razón sin que apagara la voz de su corazón.

“Todos los sueños se pueden alcanzar. Uno tiene que hacer un esfuerzo. Se requiere trabajo. Plata o no plata cuando no hay plata hay que buscar otros recursos, becas, prestamos.  Si uno quiere se requiere esfuerzo y punto”, concluye.

 

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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