El estadio es amplio, como la vida.  Tiene graderías, una cancha, testigos y protagonistas, como la vida.  Y tiene un portón.  Es decir, el estadio es ancho pero hay reglas.

Básicamente, Paulo Wanchope quiso pasar por un portón por el que no podía pasar. Un hombre le dice –de buena o de mala manera, no sé- que no puede ingresar.  Wanchope, a su manera, dice que sí.  Y ahí empezó la chancha a torcer el rabo, porque lo demás se vino solo.  Lo demás fueron gritos, empujones, golpes, algunos celulares grabando “el show” y claro, vino la renuncia que trajo alivio a los jefes del Director técnico porque se ahorraron la carta de despido.

¿Hizo Wanchope algo que usted y yo no hemos hecho?  Empiezo por mí, porque claro que he perdido la cabeza. El “yo paso por el portón, porque paso” es un error que tengo en mi curriculum o como diría una amiga, en mi “ridiculum” de vida. Claro, después viene la vergüenza, el reconocer el error, el no volver a cometerlo y la disculpa que, por cierto, no borra lo hecho. Pero la mayoría tenemos claro cuál portón hemos abierto a la fuerza.

Si “inteligencia emocional” fuera un curso de la escuela, Wanchope reprobó.  Espero que usted y yo echemos para nuestro saco, porque la factura de estos portonasos siempre es alta.

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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