Un día de estos me topé con el pasado. Me saludó de beso en la mejilla y pretendió un abrazo, pero yo sólo lo saludé mientras pensaba: “Señor pasado, se ve usted muy demacrado. Lo veo más gordo y realmente avejentado. ¿Qué le ha pasado? ¿El tren de la infelicidad le atropelló el corazón y se le sale por los ojos tristes? ¿Qué ha sucedido con su vitalidad de antes, con su voz fuerte, altanera y agrandada?”.
Entonces, me toqué el corazón que de alguna manera se estremeció por los cambios tan drásticos del molde que tenía en frente. Y el corazón me dijo: “Siento un dejo de alegría por lo que estás pensando, pero él podría estar pensando lo mismo de vos” y me ubiqué. Me dí cuenta que el señor pasado no tomó píldoras de juventud eterna y que estaba tan lejos de mí que ya ni daño me puede hacer. Y la verdad, yo tampoco tomé de esas píldoras.
Me alegré de tener la mano agarrada al señor presente, a quien, en ese mismo instante volví a ver con absoluta alegría. Le planté un beso, nos abrazamos y nos fuimos muertos de risa sin decir una sola palabra, sólo felices.