Keylor abre los brazos y está hincado debajo de la red.  El gesto decreta ese señorío de quien está seguro que en ese instante, ese espacio le pertenece y lo defenderá porque, así de claro, es suyo.  Pero él sabe que es suyo tan sólo durante minutos y que –como ocurrió en estos días- todos no tienen por qué quererlo a él. Pero no importa: él abraza el reto y declara triunfo en su vida y se imagina que Dios juega de su lado y así lo declara. Entonces sucede todo esto:

Que los documentos no llegaron, que había alguien que no lo quería, que decenas lo vitoreaban pero que eso no era suficiente, que el Manchester si pero después no y que el Real quien sabe, y que ya no, pero después sí aunque el sabor que queda es que hubiera sido mejor no, aunque por dicha sí.  Que fueron dos minutos los que lo retuvieron en el Real, que alguien se atrasó o la suerte se adelantó…  Nada de eso.

Creo que Keylor decretó algo en su vida que nadie le iba a arrebatar y la moraleja, sin necesidad de ser yo muy religiosa y por dicha tampoco fanática, es esta para mí y te la comparto:  La bendición que es para uno, es de uno.  Ella es mía. La atrapo en mi alma. La convenzo de quedarse conmigo, la abrazo, le doy la bienvenida, le agradezco que se aloje en mi calendario y la meto en mi pecho con todo el amor.  Esa bendición debe ser honrada con mi compromiso, con mi entrega, con mi gozo, la alimento con mis mejores ingredientes y ella y yo caminamos juntas sin que nadie nos separe de las manos ni del corazón. No señor!

Así que, que nadie te robe una bendición.  Nadie, excepto vos puede decidir si abrirle la puerta para que se vaya o si le hacemos una suite para que se quede el tiempo que Dios quiera que se quede aunque falten uno o dos minutos para que alguien ose intentar quitárnosla.

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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