No tengo claras las razones por las que la mayoría de mis amigas y yo queremos bajar de peso. Claro está que lo queremos bajar porque está “más alto” de lo que debiera, pero esa razón es apenas un punto de partida para el rosario de frases que van sobrealimentando el tema. “Soy como una ballena”, “Me siento horrible”, “Como demasiada basura”, “Dejémonos de cuentos, por pasados los 40 lo que uno gana es más difícil perderlo” y “Mi contextura es asi, si mis abuelas fueron gordas yo soy asquerosamente gorda”. Sí, así de crueles. Al hablar de peso nos tratamos mal, nos insultamos y nos culpamos; lo curioso es que la próxima vez que nos veamos muchas habrán ido, si acaso, 5 veces al gimnasio en un mes y 10 al restaurante de comida rápida y la que no entró al restaurante fue porque lo hizo desde la ventanilla del auto-compra (peor, ni se bajó del carro) y lo llevó a casa (a dar ejemplo a los hijos, de paso).
Que a todas, el gusanillo del buen hábito en comer y el peso saludable nos pica, claro que nos pica. Sobre todo porque nos “picamos” cuando abrimos las revistas y vemos mujeres de nuestra edad o menores, no importa, mujeres al fin, tener cuerpos curvilíneos con la elegancia de una jirafa y la grasa de una leona (madre de cachorros y sin celulitis la desgraciada).
Vemos esto y lejos de interesarnos en inventar otro intento de amenaza a la balanza, con una manzana en la mano, preferimos echarle la culpa de esa belleza ajena a “la dieta del fotochop”, sí así, fotochop, el mismo que aparentemente le rellenó a Justin Bieber la ropa interior en la última campaña de Calvin Klein. Al afirmar con desprecio que esas son bellas por el photoshop, hay kilos de envidia pero también toneladas de razón. Me explico:
En el 2015 esto ya no es novedad, por eso me parece mentira que se nos olvide: las modelos que aparecen en las revistas son seres humanos retocados por la magia de la tecnología digital. Merecedora de un aplauso, la persona que inventó este demonio que causa tanta ira convierte en “perfecto” lo que es naturalmente imperfecto.
Los científicos descartan que haya una mujer sin celulitis en el mundo, “es natural al cuerpo femenino”, dicen. Evidentemente, el sobrepeso pone en evidencia esta singular naturalidad, pero la tecnología “le hace el favor” a las modelos para esconder esa mortal condición que los que hablan de belleza han señalado como “fea”. Colores, sombras, quitar y poner, suavizar rasgos, alargar cabellos, cincelar figuras, engrosar labios, depilar cejas, son algunos de esos retoques que logran presionar a muchísimas mujeres afuera de la revista, a verse así, no sé para quién.
Esa imagen ajena, se convierte en arma de fusilamiento de la autoestima, que en el paredón del espejo sólo ve como la revista apunta hacia ella y la mata no una, sino todas las veces que se le permite hacerlo.
La cuestión aquí es: primero, aceptar que las de la revista no caminan en las calles con la misma figura que aparece en las fotos; segundo, estar conscientes, con toda humildad que sería digno de celebrar el día en que aprendamos a comer, a decir que sí y que no, a poner las porciones adecuadas en el plato, independientemente de cuánto pesemos. Tercero, cuando hablar de sobrepeso incluya frases insultantes, el problema es más mental que físico porque nada nos da derecho a basurearnos y a mandar al amor propio a darse una vuelta, que es lo mismo que mandarlo pal carajo. Nada nos da derecho a ceder nuestra dignidad.
Termino, suelto la computadora. Me tomaré un batido de verduras y frutas. No sé cuánto me durará esto; ojalá mucho más de lo que mi impaciencia me diga, porque quiero ver resultados ya y ahí, por más batido que me haga, habré empezado mal. Será aceptar que tengo más kilos de la cuenta, reeducarme aprendiendo a comer, vivir -sufrir, gozar- del proceso, confiar en que todo va a salir bien aunque haya turbulencia y a ver qué pasa este 2015.