En 2012, el astro brasileño Neymar, tomó una decisión: no manchar su conciencia. Lo hizo en un partido amistoso, luego de que el árbitro pitara un penal inexistente a favor de su Selección verde amarilla, tras la disputa de una pelota en el área de peligro de los colombianos.
Neymar se para frente al marco, como quien se planta frente al espejo. Se ve a sí mismo y el auto engaño es prácticamente imposibe. El profesional, ser humano con claridad de lo que estaba pasando, tiene la bola en sus pies. El árbitro pita y el jugador obedece a su voz interior: tiró tan alto el balón, como se lo permitió su honestidad.
El portero colombiano lo abraza. Esa fue una celebración. Más compañeros del propio Neymar se acercan a decirle algo al oído, luego lo abrazan. No dudo que esa celebración la tenga guardada el jugador como un momento único en su vida. Yo lo pondría a la par de sus otros triunfos.
El mexicano Guardado, frente a Costa Rica primero y luego frente a Panamá, pudo haber hecho lo mismo. Desperdició tener dos medallas de oro en sus recuerdos y lanzar la pelota tan alto como la honestidad la lanzara. A ver qué pasa mañana. A ver qué celebración habrá en la cancha.