A los 7 años de edad, una niña promedio en el 2015 estaría resolviendo si jugar con la muñeca o ver Frozen por enésima vez después de hacer la tarea. En el peor de los casos estará averiguando cuál es ese bicho que está subido en una piedra; a falta de juguetes , la naturaleza será perfecta cómplice de esas ansias de impresionarse que tienen los niños y que los hace maravillosos investigadores de la vida. Le sacará una sonrisa que la mamá le diga que la combinación de ropa que se puso está original o le pedirá a la abuela que le haga una trenza para “andar iguales”.

Pero esta niña de 7 años, en Nigeria, tenía una misión: explotar. El grupo terrorista Boko Haram le instala en su cuerpo la bomba y la llevó al mercado. A los 7 años no tenía un juguete en su mano, tenía una bomba en su cuerpo. Habrá caminado de la mano de un adulto que la colocó en una esquina del mercado, convirtiéndola en algo más que se vende, odio envuelto en inocencia, injusticia respirando a través de la ingenuidad más pura, vómito terrorista pegado con crueldad a un cuerpo que merece vivir en libertad.   ¿Sentiría miedo la creatura? ¿Estaría consciente de la escena dantesca que protagonizaría junto con 5 personas más que murieron por la explosión de la bomba que llevaba puesta en su cuerpecito?

Quisiera que este hecho fuera parte de la novela más asqueante que se le podría atribuir a un autor de mente retorcida que, de sólo imaginarla en algunos países merecería la pena de muerte y en otros tener al menos aislamiento total durante el resto de la vida (sin pan ni agua? Quizá.)

Dan cuenta las noticias de que un médico no identificado indicó: “Recibimos seis cuerpos, incluyendo a la niña kamikaze. Además 19 personas fueron heridas en la explosión y están recibiendo atención médica en el establecimiento”. Se desconoce quién era la niña, qué le gustaba hacer, a quién amaba y quién la amaba, qué la hacía reír, quiénes eran sus papás, sus amiguitos, qué película era su favorita y qué canción le tranquilizaba el alma cuando tenía miedo. De ella no se sabe nada.  Cuánta cobardía de quienes hacen esto, cuántos episodios diarios que no son novela se tejen en el infierno del odio que acaba con lo mejor de nuestro mundo: la mirada impresionada de un niño que apenas está descubirendo el mundo y que no merece que ninguna noticia la etiquete como “niña kamikaze”.

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

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