La familia disfuncional también funciona

Al carro de mi tío le sonaba todo menos el pito y ojo, esa era una broma que él mismo hacía.  Nunca lo metía al taller porque decía que estaba acostumbrado a que las marchas sonaran como una vaca con estreñimiento y a que los frenos le funcionaran solo si comprometía la circulación de la sangre del pie que lo esfondaba hasta más no poder.

El carro iba y venía. Lo llevaba y lo traía adonde mi tío quisiera.  Era más o menos como tener una familia disfuncional.

Esas familias también llevan y traen a la gente, la acompañan al trabajo, a la llevada de la escuela del chiquillo y a los domingos terribles donde todos los disfuncionales tienen que funcionar juntos, obligadamente , en el día de “descanso”. El lunes todos se levantarán con la sensación de estar más cansados, pero volvemos a lo mismo: es usual levantarse así.

Se llega a acostumbrar la persona a que todo, en su casa, suena a grito o a silencio. Ambos sonidos son ensordecedores. El olor de la casa está podrido de indiferencia.  Al que le va bien, le va bien y prefiere no contarlo para que no le serruchen el piso. Al que le va mal, le va mal y mejor callarlo porque así se estaría cumpliendo la profesía de la madre “No servís para nada”.  Cuando en esa familia disfuncional el papá está en casa, el olor a cigarro es lo que delata su presencia. Sólo el cigarro cabe en esa boca porque de ahí nunca sale un “Te quiero”, total, a él nunca tampoco nadie se lo dijo pequeño y ahora es todo un macho.  Si los chiquitos dicen que el tío los toca, los adultos dirán “Cállese y no invente” aunque a ellos también les pasó y vomitan ese recuerdo incurable en sus almas enfermas.

La gente en esa familia nace, crece, se reproduce y muere. Para esas 4 cosas no se ocupa amor, dirán. Así que sienten que su misión está cumplida, igual nadie notará que no lo está si lo que hacen es apenas respirar.

Las familias disfuncionales funcionan para la tristeza y son la propiedad de la que se adueña un único señor: el odio.  Los felpudos donde la gente se limpia los pies al entrar a esa casa, cambian todos los días con una frase:  “Nunca estás”, “Olés a guaro”, “Sos una zorra”, “Usted es un burro con zapatos”, “Para qué va a estudiar”, “Qué fea sos”, “Andate de aquí”… Se cuelan los resentimientos por las goteras del techo y  en muchas ocasiones los blocks de las paredes están pegados con golpes y gritos.  Y ahí sigue viviendo la gente, deseando caer en un sueño profundo, tapándole los oídos a los sueños para que no escuchen que se pueden hacer realidad, suicidando la esperanza con sobredosis de frustración, colgando de una cuerda las ilusiones cada vez que aparecen amenazantes.

Por eso, las familias disfuncionales que funcionan tienen que ir al taller donde les ayuden.  Por años, mi tío nunca puso un pie donde estaba el mecánico y cuando lo llevó ya era tarde:  lo que tenía era una chatarra inservible que fue parte de un lote lleno de carcachas carcomidas y contaminantes. Ese día se devolvió en bus con apenas algunas monedas miserables para pagar el pase y con la culpa de que todo eso se pudo haber evitado.

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