El suicidio de Robin Williams nos deja perplejos: ¿Cómo alguien tan admirado y exitoso puede no querer vivir, renunciar a más premios, a más aplausos, a provocar el efecto mágico de la risa en auditorios con cientos de personas, a hacer que sus hijos se sientan aún más orgullosos, a compartir con el mundo un talento genial, único y brillante?  Entre quienes lo conocían, hay una coincidencia de lo que lo condujo a quitarse la vida: sufría de depresión. Sí, este brillante actor tenía contratada en su vida una desdichada co-protagonista invisible cuya presencia fue advertida por muy pocos pero lo acompañaba como una sombra maldita. Una doctora recientemente consultada por E Entertainmet asegura que si además tenía un diagnóstico de Parkinson -noticia que su esposa reveló en los últimos días-, había mayor vulnerabilidad de Williams para tener cuadros depresivos severos.

Aún los que jamás cruzamos palabra con él, lo lamentamos y en busca de respuestas nos atrevemos a hablar. Los comentarios que más me han llamado la atención son aquellos que dicen que la depresión es falta de Dios, frase que amerita de mi parte este blog.

La depresión no es falta de Dios, como no lo es tampoco la esquizofrenia, el cáncer o la diabetes. Todos estos padecimientos son muy diferentes entre sí, pero tienen algo en común: son enfermedades.

La depresión no es una vagabundería, ni una sin razón; hay una serie de causas en su diagnóstico, que por cierto, es clínico, o sea un médico lo determina. Como dato, la cantidad de mujeres que la padecen dobla a la de hombres. Científicos del mundo buscan cada año entender qué sucede en el cerebro de aquellos que padecen este verdadero infierno que afecta, al menos a 350 millones de personas en el mundo según la OMS.  Existen estudios que determinan que un porcentaje de la población ha heredado la enfermedad;  otros tienen una predisposición al desorden químico que la provoca, en otros es detonada en el cerebro por enfermedades paralelas y además hay “disparadores” en el ambiente exterior que contribuyen  a que una persona sea más vulnerable que otra.

Muchos con depresión logran salir de la tela de araña que los va envolviendo por años, resucitan y logran retomar el vuelo.  Otros, tristemente deciden acabar con este abatimiento opresivo, poniendo fin a su vida.

Justamente conozco a una persona a quien amo, que recibió el diagnóstico de depresión a sus 33 años y estuvo a punto de ser internada en un Hospital psiquiátrico. Me dijo: “Dios estaba conmigo, pero también lo estaba ese pecho apretado que no me permitía respirar con paz.  Dios estaba conmigo en la oscuridad más infernal  de mi vida, porque ese es el infierno.  Por dicha, Dios estaba conmigo aún cuando llegué a proponerle que me descansara de esa profundidad hueca, fría y maloliente en la que estaba sumergida. Uno no quiere estar ahí, pero uno está y eso lo hace sentir perdido”.  Mi amiga, desesperada, con los ojos hundidos y una vida por delante que todos veíamos prometedora y  ella no,  le pidió un único milagro a Dios y El se lo concedió: ver la luz. Ella sigue medicada, pero con voz tranquila, ojos vivos y un gran gozo que no experimentaba antes, me cuenta: “Dios siempre me abrazó y jamás me juzgó.”.  Y yo me pregunto si Dios no lo hizo, ¿cómo nos atreveríamos nosotros a hacerlo?

Acerca del Autor

Soy periodista desde que tengo uso de razón. Siempre me gustó preguntar por todo y escuchar respuestas, incluido el silencio como la mejor en algunos casos.

Comments are closed.