Jamás podré olvidar a este entrevistado aunque la conversación se produjo ya hace unos 4 años. Lo conocí cuando ya sus ojos no veían absolutamente nada. Cuenta que fue perdiendo poco a poco la vista y el anuncio de que quedaría un día a oscuras hizo que sus papás fueran preparándolo poco a poco.
El momento de usar el bastón llegó a los 19 años. También había llegado el momento de picar la cebolla sin ver y hacer el arroz; de medir dónde estaban los muebles, el baño, el papel higiénico, el patio, la acera, encender y apagar el tele, bajar gradas y medir el caño de la calle. El oído se apuntó veloz en la preparación de esta “nueva vida” y los pitos de un tráiler o de una moto fueron perfectamente identificados.
Pero hubo un día que al joven jamás se le olvida. Aunque él sabía leer y escribir con papel y lápiz, tenía que aprender en el idioma de los no-videntes, el braille, a hacerlo. Así que desde hacía meses su papá siempre lo acompañaba a la escuela donde le estaban enseñando este mundo nuevo. Un dia, el padre le anuncia algo que le dio terror: “Mañana vas a ir solo a la escuela. Sabés dónde se toma el bus, cuál es la parada para bajarte y cuánto caminar hasta llegar a la escuela. Mañana vas solo. Si algo te pasa, llamás. Pero lo vas a hacer solo”.
Aquella noche lloró, pataleó e imploró compañía para el día siguiente. “Vos estás listo. Tenés miedo pero estás listo. Vas a ir solo”, insistió el papá. Todos se fueron a acostar pero el joven no durmió de sólo pensar en el día que le esperaba.
Llegó la mañana, desayunaron y en efecto sucedió lo esperado. El papá y la mamá le dieron un beso y él se puso a caminar hacia el bus. Concentrado, escuchó aún mejor los sonidos. Se sentó sin problema, contó las paradas, escuchó nuevamente los sonidos y se bajó correctamente. El bastón y él se sintieron equipo, dúo de amigos, dúo orgulloso por primera vez. Al entrar a la escuela, adivinen qué? Lo esperaba su papá. El muchacho me cuenta: “Cuando mi papá me saluda yo dije ay no, me devolvi a la casa sin saber, jajaja. Pero no, es broma, yo sabia que estaba en la escuela. Me dio cólera oírlo porque yo venía muy pero muy asustado y muy tenso. Lo saludé entre dientes Diay Papi! y me dijo algo que jamás voy a olvidar: Diay mijo, lo felicito, todo lo hizo perfecto. Yo le digo molesto -sigue relatando-, Y usted cómo sabe papá, si usted llegó en el carro hasta acá seguro!. Entonces se rió y me dijo: No, mijo, venía con vos en el bus y después caminé detrás tuyo. Sólo quería comprobar que el miedo no me lo confundiera porque sabía que usted ya sabía hacerlo.“
La entrevista con el joven terminó y me quedé pensando en la sabiduría de su papá. Sí, el miedo nos confunde. Sabemos qué hacer, la información existe, manejamos los códigos, pero el miedo nos confunde y puede echar a perder el aprendizaje que tanto ha costado. Hoy, el hijo de este sabio hombre reconoce que este mensaje es el mejor regalo que ha recibido en la vida. Es líder de jóvenes no videntes y lo primero que les dice es que no deben tener miedo porque cuentan con todo lo que se necesita para ser exitosos luchadores y les repite ¨Solamente no tengan miedo, sepan cuál es su destino, afinen los sentidos, gocen del trayecto y lleguen¨.