Las manos que nunca se soltaron

Por: Ana Coralia Fernández, periodista

Fotografia: Fernando Arguedas

Cuenta la leyenda “El amor es ciego y la locura siempre lo acompaña”. Pero el amor no es ciego, es fiel, es leal, es arriesgado, permanece en las tormentas y canta aunque crujan las ramas, porque conoce lo que son sus alas.

Ernesto Lara y Rosella Escalante, tienen una historia impresionante que ha resistido muchas batallas. Su camino nos devuelve la esperanza. Se han mantenido juntos desde hace 41 años, en las buenas y en las malas; en la riqueza y en la pobreza; en la salud y en la enfermedad. Bien podrían servir de espejo y en él nos podemos asomar para comprobar que el amor verdadero existe y que su ropaje no consiste en cursilerías, ni egoísmos. Es un intercambio de respeto, cariño, dignidad y consideración.

Al iniciar la entrevista, Rosella, con una dulce mirada, le pregunta a Ernesto si empieza a contar ella o empieza él. Ernesto, como caballero que es, le da la palabra:

“La historia se remonta a 1974, un 20 de noviembre. El hermano de Ernesto había muerto el 6 de ese mes. Ernesto estudiaba en Alemania y había venido al país por la triste noticia. Ese día una prima de ellos me invitó a comer y en la noche íbamos a ir a un partido de Saprissa…”.

-¡Uao!, intervengo. ¡Qué buena memoria! ¿Y no se acuerda del marcador?

– Quedó dos a cero-, responde Ernesto y todos nos reímos.

Rosella sigue con el relato:

“Yo estaba sentada y Ernesto entró y me plantó un beso como si nos conociéramos de toda la vida. En el estadio comenzó el idilio”.

Yo enfoco mis preguntas a él.

-¿Y a usted le gustó ella desde que la vió?

El sielncio toma un puesto en la mesa. Él la vuelve a ver lleno de emoción. Las lágrimas hacen un gran esfuerzo por no derramarse en la mejilla. Es un hombre enamorado.

“Yo toqué el timbre, me hicieron pasar, no hablé con nadie y al dar la vuelta en el pasillo estaba ella. Tenía como un resplandor. Yo tenía 31 años y ella 20. Después de comer, nos fuimos al estadio todos, jugaban Saprissa y Cartago. Cuando en el segundo tiempo Saprissa metió el primer gol, Rosella y yo nos dimos un gran abrazo y cuando metió el segundo gol, nos agarramos la mano y nunca más nos volvimos a soltar”.

A todo esto entre ambos hay sonrisas, miradas cómplices y aprobatorias, porque es una historia que seguro han contado muchas veces, tiene muchos testigos y sobre todo, no ha sido un camino de rosas.

“Fuimos a dejarla a ella a la casa y cuando llegué donde mis tíos les dije: ‘Yo me voy a casar con Rosella’.

Fue amor a primera vista.

Se casaron el 27 de diciembre de ese mismo año y se fueron a Alemania el 5 de enero de 1975, donde Ernesto estaba sacando un doctorado en Química.

Y pasó un año. Ernesto seguía terminando sus estudios y Rosella adaptándose y aprendiendo el idioma.

Él tocaba trompeta en una orquesta de vientos de la universidad y como toda pareja joven, aprovechaban las giras de la orquesta para pasear. Y en una de esas, Rosella sufrió una fuerte insolación que le provocó una reacción muy seria y que detonó como diagnóstico final un lupus renal.

Y así como se dice en el ritual, la enfermedad desplazó a la salud para empezar un arduo camino como un vía crucis.

Rosella y Ernesto pasaron entonces a ser los protagonistas de una historia de amor, pero también de la vida real. En medio de hospitales y consecuencias de la enfermedad de Rosella, Ernesto cuida de ella con cientos de sacrificios y termina sus estudios. Regresan a Costa Rica, todo empieza a ir mejor, hasta un nuevo evento en la salud de Rosella: una apendicitis que se complica por el lupus renal y un alto riesgo de perder al bebé en caso de quedar embarazada.

Y así fue. A los meses quedó embarazada de su primer hijo, y lo perdió. Tal era el riesgo de procrear una familia, que ambos decidieron adoptar, y así llegaron al hogar Lara Escalante unas gemelitas que llenaron de alegría a la pareja.

Y como a veces sucede en estos casos, a los siete meses, Rosella quedó embarazada de nuevo, y con la ayuda de toda su familia lograron sacar adelante a las niñas y a la recién nacida.

Nacieron dos bebés más, un varón y otra niña, para sumar cinco a la trole y la salud de Rosella cada vez más quebrantada, pues a los años como consecuencia del lupus sufrió un derrame severo que la dejó aún más limitada, pero… el amor todo lo alcanza. Esto no fue pretexto para no ser una madre amorosa, dedicada, chineadora y entregarse de lleno a su familia a lado de Ernesto.

Ahora Ernesto y Rosella, ya peinan canas, tienen cinco hijos profesionales y unos hermosos nietos que alegran la casa.

Los eventos sorpresivos de su salud, siguen presentándose cada tanto, pero no se trata de enfocarse en lo malo o en lo triste. Ambos como dos guerreros, han sabido enfrentar de la mano, como aquel día en el estadio, cada nube gris en el cielo y cada día de lluvia.

Él la cuida con esmero, ella lo ama como el día en que lo conoció.

A veces uno podría creer que el amor es cosa fácil. Sabemos que no. No es que el amor sea ciego, es que es generoso, leal, entregado.

Ernesto y Rosella encontraron hace 41 años un secreto, y lo comparten: amarse en las buenas y en las malas, verse como el primer día, con emoción en los ojos y con la certeza de que el amor todo lo puede y todo lo da.

Un espejo al que podemos asomarnos, para saber que el amor existe y es de verdad.

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