La vuelta a una hija en 4 camas

Por: Ana Coralia Fernandez, periodista

Cuando llegó la cuna, lo primero fue ver si cabía en el diminuto cuarto destinado al bebé, como si el espacio dedicado a un crío se pudiera limitar a una habitación aireada y luminosa, decorada en aquellos días con Los Pitufos, que estaban de moda por primera vez.

Yo, con la pancilla a reventar y Fer sentado en el suelo tratando de armar tablas, barandas y sueños.

Y cuando estuvo lista, le tomamos una foto.

Nació la Cata y nos llenó la vida (de facturas) e ilusiones, mantillas, juguetes, niños dioses, pediatras y andaderas.

La cuna ya no fue suficiente y entonces llegó la camita modular, que en algún momento se desarmaba y ya era cómoda, biblioteca, closet, reactor nuclear y no sé cuántas tonteras más, según nos dijo el vendedor.

Era blanca, con gavetas de colores pastel y unas barandillas que hasta servían de escalera en caso de que el mueble llegara a evolucionar en camarote (¡¿Hello?!).

Y nuestra pequeña durmió allí, dejó los dientes bajo a almohada y llegaron por ellos el ratón y los frenillos, también los primeros libros y cuadernos de letrona de lápiz borrones y hasta sirvió para que descansaran de recreos y maestras, el bultico y la lonchera.

Y le tomamos una foto.

Entonces llegó el tiempo de conseguir la otra, la bonita y torneada, la de ropa de muchacha y bolsos guindando en el respaldar, la de novios viendo tele los domingos, la de manzanilla tibia y fichas de estudio, la de las pijamadas universitarias para sacar la tesis.

Esa misma que sirvió para poner un día el vestido de novia para que no se dañara.

Y también le hicimos una foto.

Y hace pocos días, compré la mejor de todas, la del retorno al nido, tan seria como Tributación Directa, la sobria con edredón y cojines, la de “papás vengo a visitarlos”, la que me hizo sentir que de nuevo éramos tres, la que convirtió “mi oficina” en el “cuarto de la niña”, la que guarda celosa sus proyectos de vida, su experiencia de adulta, la que repara el cansancio de la mujer que hace, deshace, crece y vuela.

Y cuando la tendí con sábanas nuevas y estampé un beso sobre la almohada, se sintió querida y esperada y sonrió entre resortes y espumas, cuando quedó eternizada en una foto.

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