Un milagro llamado “mis hijas”

Hace unos días entendí que lo que pasa en mi casa es un milagro.

Entro cansada y no he puesto el bolso en la mesa cuando me recibe mi hija pequeña con una balacera de palabras, con gestos exagerados y risas intermitentes, contándome que se cayó en el kínder y que le cayó encima a fulanita y a sutanita.  En ese instante, mi hija mayor sale del cuarto y me recuerda que tiene ensayo de baile esta noche y que por favor no lleguemos tarde porque casi siempre soy yo la que atrasa.  La menor pone “Masha y el oso” en la tele y la mayor le sube el volumen a las canciones de Spotify que reproduce en su compu, en el cuarto.  No he tenido el segundo de silencio que deseaba tener al llegar a casa.

Entonces, ya pongo el bolso en la mesa, respiro y en medio del cansancio tomo consciencia de la cadena de milagros que ocurren frente a mis ojos:  mis hijas hablan, ven, bailan, se mueven por sí solas, se ríen, lloran, expresan.  En estos años como periodista he entrevistado madres que desean que sus hijos –aún ya grandes- pronuncien una sola palabra, den un paso sin andadera, se muevan coordinadamente sin su silla de ruedas, estiren sus brazos para abrazar y expresen lo que sienten sin que todo sea llanto.

A esas madres siempre las he admirado porque cuando hablo con ellas no ocultan su gran deseo de que la realidad fuera otra, pero ante la presencia de sus hijos tal y como son, los califican como un gran tesoro. Y yo quiero hacer lo mismo y decirle a la Vida:  Gracias por mis hijas, por sus palabras, por sus silencios, por sus risas, por sus enojos, por sus gestos.  Gracias por este cansancio que a veces encuentra fin ya tarde, luego de que ellas sean la música preferida con la que despido el día.  Gracias por estos milagros que hoy están, no sé mañana, pero que hoy hicieron que yo pueda cerrar el día con broche de oro: agradecida y deseando que amanezca para volver a agradecer.

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