Quedate chiquitita, mi amor

La última foto que metí en mi billetera, ayer, fue la de una mujer con birrete. No hablo del kínder, hablo del colegio. Ayer cabía la chiquitilla chimuela en una foto tamaño pasaporte; el tiempo le echó levadura y creció ahora con una sonrisa llena de personalidad, diciendo: “Aquí voy mundo, con todo. ¡Abróchense los cinturones!”. Despegando, así estás.
Dicen que las madres y los padres debemos darle dos cosas a los hijos: Raíces y alas. Las primeras son una gran responsabilidad y en la segunda existe el gran sacrificio de “dejar ir”. Sacrificio porque yo quisiera mi amor, que te quedés chiquitita. Que nadie te parta el corazón, que a quién amés te ame sin dudarlo, que la vida no tenga un “No” para vos cuando le pidás algo, que no te sea negado un solo milagro y que la simpleza de la niñez siga con vos hasta el infinito y más allá. Quiero que, como cuando eras chiquitita, si tenés algún defecto nadie lo utilice para burlarse y si alguien nota una fortaleza, te la aplaudan.
Pero es algo tarde para decirte “Quedate chiquitita mejor”. A esas alas poneles el motor del amor, aceitalas con tu firmeza para que cualquier viento no te desvíe de tu curso personal, cuando el vuelo esté difícil utilizá el combustible de la fe; dales mantenimiento a tus alas con conversaciones de vos con vos porque tenés que ser tu mejor amiga. Seguí tu propio trayecto, hacelo por favor.
Yo me uno a tu grito: “Aquí va ella mundo, con todo. Dispuesta a aprender y a vivir intensamente. ¡Abróchense los cinturones! Aquí despega esta mujer que nació para ser candela que irradia luz encima –y jamás debajo- de la mesa”.

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