Mi hijo, mi mascota.

Ella lo llevaba a cortarse el cabello; si había mucha gente ella aprovechaba para hacer mandados y le dejaba a él una botella con agua por si le daba sed. Lo dejaba en clases de Taekwondo y lo recogía una hora después como cuando las mascotas van a un entrenamiento para una competencia. Sacaba buenas notas, le compraban algo; sacaba malas notas, lo castigaban y no lo dejaban salir. Este hijo era más una mascota que un hijo. Y así pasaron 17 años, edad en la que el muchacho se suicida. Se disparó en un cuarto lleno de cosas, vacío de amor.

La historia es real. Tan real como los 6 meses que esta madre “vivió” sedada para no sentir dolor, incomunicada con ella misma porque preguntar qué pasó, dolía mucho. Luego, ella me cuenta que resucita, despierta a la vida y convierte la frustración en ayuda hacia los demás. Hoy trabaja con jóvenes que tienen ideas suicidas, ha estudiado profundamente el tema y asegura que esto es imposible de abordar sin organizar sesiones con el joven y con el resto de la familia. Para entender por qué el árbol es así, hay que ver las raíces.

El médico costarricense especialista en adolescentes, Alberto Morales, en una amplia entrevista con la periodista de La Nación Angela Avalos, dice que si hoy, en un grupo de 100 jóvenes, 15 tienen depresión, la cifra aumentará en tres años: 50 de esos 100, serán depresivos. El número es abrumador y el suicidio respira en la nuca de estos tesoros.

La desesperanza, dice él, está amenazando la vida en la adolescencia. Hay poco contacto físico y mucho aparato electrónico. La vacuna no es complicada: Hacer una comida juntos alrededor de una mesa, conversar sin celular ni tv, preguntar cómo estuvo el día, por qué bien o por qué mal.

Hacer que nuestros jóvenes amen la vida es un gran desafío. Quizá haya que empezar a revisar las raíces del árbol, qué hay en el alma de la madre y el padre, el tiempo que dedican a conocer a sus hijos, no para tratarlos como mascotas sino como seres humanos; no para exigirles un 100 en matemática o inglés sino para preguntarles si son felices y hacerlos dueños comprometidos con esa felicidad. ¿Qué les estamos dando a nuestros jóvenes? Respondiendo esto podríamos entender por qué un árbol fuerte se va debilitando y por qué ramas que debieran lucir hermosas y vivas, van decidiendo que morir es la mejor opción.

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