En soledad

Dicen que los inteligentes disfrutan la soledad y los demás la llenan con cualquier persona, pero la pura verdad es que yo entiendo por qué estar sola –aunque sea de inteligentes- da miedo: es que tiene que bastarme mi propia presencia para que el café me sepa rico o escribirme a mí misma cartas de amor para sentirme amada, .  Si hay algo complicado es eso, sobre todo cuando la mayoría de novelas y películas tienen final feliz si la protagonista se casa y el villano queda solo. Tal desprestigio ha hecho de la soledad algo de temer cuando en realidad el asunto es distinto.

La soledad es una mujer de pie frente al espejo que aunque no le gusten sus estrías se dice a sí misma: “Son mis huellas de guerra”. La soledad es yo diciéndome que mis brazos no son ni de gimnasio ni de modelo de pasarela pero si los ocupan en un anuncio de madres orgullosas de alzar a sus hijos, cobro caro.  La soledad es que en mi frente hay unos zurcos que me recuerdan que no nací ayer y que mis preocupaciones han sido superadas una a una sabiendo que vienen de camino otras, que también podré superar.  La soledad soy yo sabiendo que tengo la edad que tengo (hoy son 45 y pasado mañana 50) y no me he saltado un solo día sin vivirlo y vivirlo con ganas.  La soledad es encararme a mí misma y perdonarme los errores, abrazarme con la fuerza de mi mejor amiga y estar orgullosa de que en el concierto de la vida he cantado muy afinado y muy desafinado pero “muy”, y eso hay que aplaudirlo.

Entonces, que la soledad da miedo, da miedo, pero entiendo que es de inteligentes disfrutarla porque cuando estoy con ella me reconcilio conmigo misma, me hace sentirme en compañia de mi propia música -la que yo creo para mí- y tomo aire para volver al mundo del sonido de allá afuera donde mi voz interior permanece intacta gracias a esos ratos a solas.

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