Decreto de una madre

En su casa, nos espera una madre orgullosa.  Vamos a entrevistarla porque su hija es la tica más joven en la historia del país en participar y terminar la prueba más desafiante del triatlón:  el Mundial Iron Man.  En Costa Rica, Mauren Solano, con 20 años es la dueña del podio, pero fuera del país compite por primera vez en Kona, Hawaii.

Ya sabemos que la hija tiene garra.  Por eso quiero conocer a la madre.  Algo tiene que haber sucedido para que esa sed de triunfo y esa disciplina de guerrera, la ayuden a hacer historia.

Encendemos luces, cámaras y la acción sucede de inmediato en los ojos y en la voz de doña Elizabeth.  La conversación fluye pero en un punto de la entrevista, lo que sucede hoy adquiere sentido en lo que pasó hace unos años.

Doña Elizabeth nos cuenta que a los 15 años de su hija, le hizo una fiesta.  “Yo quería darle algo que fuera bonito para ella, inolvidable.  Estaba bonito lo de los invitados, la música, pero yo quería algo más”.  Y así fue.  Aquí la hija nos interrumpe oportunamente: “Yo estaba en la fiesta y veía a la gente muy misteriosa.  Mami me dio una carta y me dijo que la leyera. La empecé a leer en voz baja. La gente esperó a que la terminara de leer cuando en eso…”.   Sigue la madre:  “Me fui a la entrada del salón y caminé muy despacio entre la gente. Me daban campo y llevaba en las manos un trofeo.  Caminé poco a poco hacia Mauren y ella hizo los ojos enormes…”  Mauren se acuerda” Vieran la impresión.  Mami  se fue acercando y cuando llegó donde mí, me dio el trofeo. Lo mandó a hacer con una placa que decía  Por ser mi hija.  Y fue muy raro, pero cuando Mami me lo dio yo sentí que podía conquistar el mundo”.

Ese es el primer trofeo que recibió en su vida Mauren.  Vino de las manos de la primer persona que creyó en ella sin saber todo lo que vendría.  Aún su hija no competía cuando ya la madre le decretaba triunfo.

Ese acto es un decreto.  Las madres y los padres decretamos en la vida de nuestros hijos, todos los días, bendición o pobreza del alma.  Decretamos el triunfo o el fracaso sin enseñanza;  decretamos miseria o riqueza del corazón.  Decretamos lágrimas de gozo o lágrimas de tristeza inconsolable.  Decretamos vida o muerte.  Los hijos harán, se esforzará, aprenderán, pero nosotros tenemos el poder de, con las palabras, ayudar a construir esa fe en sí mismos.

Mauren dice que cuando ella va llegando a la meta, siempre se imagina que su mamá está ahí.  Y yo me la imagino ahí, con el trofeo en la mano, aquel que nada más premia la existencia y el amor, simplemente para decirle a la hija cuánto cree en ella.

 

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