¿Se quiere casar conmigo?. Andrea y Gerardo.

Por: Lizeth Castro, periodista.  Fotografías: Sisi Escalante

En esta casa hay tesoros escondidos. Tanto los cuidan que están en lugares estratégicos:  en el corazón, en la memoria, en páginas escritas que valen oro,  o en una gaveta bien cuidada. Yo, que soy nada más una periodista que está sentada en esta sala por un rato, no quisiera que jamás se vayan a perder.

Andrea y Gerardo son como son.  Ese es el primer tesoro, son genuinos.  Ante mí y la fotógrafa no les importa ser a veces dulces y a veces vehementes el uno con el otro. Ella tiene carácter fuerte y él mucha determinación.  ¡Qué combinación! Ella es dueña de dos chispas en los ojos y él de una sonrisa ancha que no le interesa apagar.  “Hemos vivido de todo. De verdad que si estamos acá es porque hay un propósito. Ya cumplimos 15 años de vivir juntos y aquí estamos”, dice ella viéndome a los ojos, porque así es de directa.

Nos acompañan sus tres hijos.  El chiquitito, que recién cumplió un año finge que ve televisión pero en realidad “está en todas”.  El del medio es un hombre extrovertido que está en quinto grado y mete la cuchara tan oportunamente que ya me lo imaginé dando un discurso frente a sus compañeritos, sin miedo alguno.  La mayor entró al cole este año, es una adolescente hermosa, algo retraída, de sonrisa sincera y cuida al bebé con un amor tan puro que me llama la atención.

Esta familia es fuerte.  La fortaleza es otro de sus tesoros. Hablemos del último capítulo doloroso que vivieron juntos. Se llama cáncer.  Es un Goliat que intimida, desgasta y quiere robarse las energías. Puso a agonizar a Gerardo.  Pero en un golpe mágico, simplemente, el David de la fe pudo más.

Nos cuenta Gerardo posando los ojos sobre un papel que tiene sellos de clínica: “El 13 de mayo del 2015 es el día más fatídico de mi vida. Yo iba a hacerme unos exámenes porque me venía sintiendo muy cansado” y Luis Felipe, el hijo, agrega “Y a Papi se le veían unos moretones muy raros por las piernas.”

El diagnóstico de leucemia linfoblástica aguda, era al principio, incomprensible.  Vinieron los internamientos, Gerardo fue aislado de otros pacientes y vino la quimioterapia. Este sunami sucedía y la fuerrte de la casa se mantenía de pie.  “Yo no podía llorar en el Hospital porque le tenía que dar fuerzas a Gerardo; tampoco podía llorar en la casa, para poder darle fuerza a los hijos…Sólo me quedaban ratitos para mí, a veces de camino al hospital en el bus…pero de nuevo tenía que ser fuerte”, dice Andrea.

El punto más difícil de este proceso vino el día en que un medicamento –el Metotrexato, que se inyecta para proteger el cerebro y la columna mientras se está recibiendo quimioterapia- intoxicó el cuerpo de Gerardo. Andrea jamás lo va a olvidar: “Botaba sangre por la boca y por la nariz, defecaba con sangre, le pusieron morfina, estuvo 2 semanas sin comer por la boca solo vía intravenosa.”

Y Gerardo agrega “La verdad es que Dios me dio una segunda oportunidad porque estuve muy muy mal.  Y después de que ya salí de la crisis con ayuda de Dios, el Dr. Rodríguez  en el Hospital México tuvo una conversación conmigo y me preguntó qué propósito tendría todo esto en mi vida. Yo le respondí “Ni idea doctor, no sé” y él me dijo “Averígüelo”.  Aquella pregunta cayó en tierra fértil, lo que hizo que en una segunda conversación con el mismo médico, Gerardo tuviera una respuesta firme:  “Ya sé doctor. Estoy aquí para cuidar a mis hijos y para casarme con la mujer que amé, amo y amaré, Andrea”.

En este punto de la historia, la sala de esta casa se llena de sonrisas. No hay secretos. Y es otro tesoro que cuidar. Gerardo se acuerda: “Yo venía de recibir quimio y pasé a varias joyerías para escoger un anillo de compromiso. Andrea estaba toda preocupada cuando llegué porque duré más de la cuenta.  Ella cumple el 8 de enero y yo sabía que ese día le tenía que preguntar lo que yo quería preguntarle”.

Acercándose ese viernes tan inolvidable, Gerardo pasó a un bazar a comprar una lámina roja de “foam”.  En la casa, sin que nadie lo viera tomó una tijera y recortó un corazón.  En el centro, con un pilot escribió una frase y todo estaba listo para ese gran día.

Andrea reconoce que ella no quería nada para el cumpleaños, es más, como dice ella “se levantó de malas”. “Me propuso que hiciéramos un paseo y yo le decía que no porque él no podía recibir sol. Le dije que suficiente sorpresa tenía con lo que a él le pasaba y no quería nada más. Me insistió y fuimos. Los chiquillos ya listos y yo seguía de necia que no quería nada. Fatal!” y se ríe.

Ya Gerardo había comprado un queque, hizo unos sándwich de atún y llevaba la sorpresa lista. En el Monte De la Cruz se produjo la escena que los tiene aún vueltos locos a todos.  Gerardo dice: “Contra viento y marea yo tenía que hacer lo que quería hacer. En un momento, le dije a los chicos que se fueran por ahí y me quedé solo con Andrea”.   Ella sigue:  “Entonces había en el suelo un pañito. El me dijo que lo empezara a quitar, a bajar poquito a poco y empiezo a leer el corazón: “Hola mi amor. Ud se quiere casar conmigo? Y venía dibujada una flecha hacia abajo donde estaba la cajita con el anillo. Me puse a llorar”, y Gerardo agrega: “La abracé y le repetí ¿Usted quiere casarse conmigo, me permite hacerla feliz?”  y Luis Felipe recuerda “Eso lo oímos nosotros! Y a Papi se le cortó la voz como si tuviera miedo o estuviera muy emocionado”.

Andrea y Gerardo se van a casar.  Los dos se han dicho que sí. Lo harán por primera vez en un altar, luego de terminar el curso prematrimonial. Ambos creen que el cáncer es un pasaje doloroso que al final trajo la luz más brillante que hayan podido experimentar. “Luego de eso, la enfermedad entró en remisión. Salgo limpio. No tengo células cancerosas. Dios lo hizo”, cuenta él.   La pura verdad es que aunque hasta ahora tendrán una ceremonia matrimonial, lo que han sido en 15 años es ser cómplices del amor, guardadores celosos de sus tesoros, soldados de sus pensamientos. Ese SÍ formal, dicen ellos que se lo estaban debiendo a la vida, pero al ver esta historia pienso que hay oportunidades en que es la vida la que quizo darles este regalo porque ellos ya se habían dado a sí mismos, entregados con amor, a su aventura más bella de la vida: amarse.

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